Las Ruinas de Khor - Capítulo 2

Gyuna caminó con cautela entre las dunas, el sol abrasador empezando a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojizos. La vibración extraña en el aire persistía, algo que había sentido al acercarse a la zona, como si el desierto mismo susurrara advertencias.

Entonces, algo en el terreno cambió. Unos arbustos secos y marchitos revelaron lo que parecía ser una pequeña hendidura en la arena, como si alguien hubiera cavado allí hacía poco. Gyuna se acercó, removiendo la tierra con sus manos firmes, hasta descubrir lo que parecía un campamento abandonado.

Las huellas de pasos recientes estaban en la arena: una fogata apagada, restos de comida quemada, y varias pertenencias dispersas. Pero lo que más llamó su atención fue un diario medio enterrado junto a una mochila rota. La tapa del diario estaba gastada, casi rota por el paso del tiempo, pero algo en el estilo del cuero negro la hizo sentir que debía abrirlo.

Lo hizo, hojeando las páginas hasta que algo llamó su atención:

“No hemos encontrado la entrada. Los símbolos del templo parecen responder al toque, pero… algo se siente extraño. Hace días que escuchamos los susurros. A la tercera noche… perdimos a uno de los nuestros.”
“Las marcas en la piel no son normales. Parecen quemaduras, pero son algo más. Deberíamos habernos ido.”

Gyuna se detuvo en seco, la sensación de incomodidad creciendo a medida que sus ojos recorrían las palabras escritas a mano. Algo oscuro había sucedido aquí, y la forma en que el escritor hablaba de marcas en la piel... la inquietaba. Los susurros, el miedo palpable en sus palabras, la hacía pensar en algo mucho más siniestro que un simple templo antiguo.

—¿Quién estaba aquí? —murmuró Gyuna, mientras sus orejas de vaca se alzaban, alertas a cualquier sonido cercano. Algo no estaba bien. 

El viento soplaba con furia, levantando nubes de arena que dificultaban la visión. Gyuna frunció el ceño, pero algo le llamó la atención: un cuerpo recostado bajo una gran roca, casi invisible entre las sombras que creaba el sol de mediodía. Al principio pensó que era una ilusión, una de esas que el calor del desierto provoca. Pero no. El cuerpo se movió, un suspiro pesado escapando de sus labios.

Se acercó con cautela, agazapada, como una sombra. Sus orejas de vaca se alzaron al sentir el cambio en el aire, una vibración casi imperceptible, pero que su instinto conocía bien. La figura era alta, de piel curtida por el sol, con una capa rasgada que apenas cubría su torso. Los ojos, cuando se abrieron, eran de un verde vibrante, casi irreal.

—¿Te has perdido, viajera? —su voz era grave, como si estuviera hecho de la misma tierra que los antiguos templos que buscaba.

Gyuna se mantuvo quieta, observando. Los cuernos en su cabeza brillaron ligeramente bajo la luz. Era una sensación extraña, como si de alguna manera él supiera quién era, sin decir una sola palabra más. El aire entre ellos se cargaba de algo más que simple curiosidad.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Gyuna, desafiante, como siempre que se sentía incomoda o vulnerable. No iba a dejarse intimidar.

El hombre sonrió, un gesto sutil pero cargado de misterio.

—Busco lo mismo que tú. El Corazón del Eclipse. Pero... no todos los que lo buscan regresan.

Gyuna no podía evitarlo; una chispa de interés se encendió en su pecho. ¿Un rival o un aliado?

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