Las Ruinas de Khor - Capítulo 4
La noche cayó rápido, como si el desierto quisiera devorar el mundo. Las dunas se enfriaron, el viento cambió de dirección, y el silencio se volvió casi sagrado.
Gyuna había encendido una pequeña fogata en un refugio natural entre rocas, lo bastante lejos del lugar donde vio al hombre por última vez. No confiaba en él… y eso era exactamente lo que lo hacía interesante.
Sacó el diario que había encontrado en el campamento abandonado más temprano. Las páginas estaban manchadas por la humedad y el polvo, pero las palabras seguían ahí. Oscuras. Urgentes.
“Las marcas… no desaparecen con fuego, ni con agua. Se aferran a la piel como si fueran parte de uno. Como si estuvieran… vivas.”
Gyuna tragó saliva. Se arremangó la manga izquierda. Nada. Su piel seguía limpia, aunque podía jurar que había sentido algo arder al tocar aquella piedra extraña cerca del campamento.
El eco de la voz del viajero regresó a su cabeza:
"No todos los que lo buscan regresan."
Lo sabía. Algo estaba mal con este lugar. Pero también sabía otra cosa.
Ella no iba a dar media vuelta.
El calor del fuego se apagaba lentamente. Gyuna se acomodó sobre su manta áspera, cubriéndose apenas con su capa. El cuerpo le pesaba como si cada músculo hubiese absorbido el polvo del desierto. Los párpados se le cerraban solos. El viento murmuraba entre las piedras. Le pareció oír risas lejanas, como ecos distorsionados.
No tardó en quedarse dormida.
El sueño
Estaba en una sala circular, cuyas paredes eran de piedra negra pulida, cubierta de símbolos que brillaban tenuemente. Flotaba. O tal vez caminaba sin tocar el suelo. Había una luz tenue en el centro del cuarto, pulsando como un corazón gigante. Al acercarse, vio que era una joya suspendida en el aire: negra como obsidiana, con un brillo interno carmesí. Su forma no era perfecta, sino viva, como si palpitara al ritmo de su respiración.
—El Corazón del Eclipse... —susurró sin saber por qué, o para quién.
Una figura se acercó desde las sombras. No tenía rostro, solo una silueta masculina, fuerte, con un aura de calor que la envolvía. Cuando extendió la mano hacia ella, Gyuna sintió un hormigueo bajo la piel, como si la estuvieran llamando desde dentro.
Los dedos de la figura tocaron sus cuernos, y un estremecimiento le recorrió la espalda hasta las orejas.
La piedra latía más rápido. Su pecho también.
La figura la rozó, apenas, pero todo su cuerpo respondió como si la tocaran por dentro. Una mezcla de placer y miedo.
Ella quería preguntar quién era. Pero no podía hablar. La luz se volvió blanca. Todo desapareció.
Despertar
Despertó con un sobresalto, respirando hondo, como si hubiera estado sumergida en agua.
La fogata se había apagado. El cielo tenía ya un tono pálido, apenas insinuando el amanecer.
—Bonito despertar —dijo una voz cerca.
Gyuna giró de inmediato.
Él estaba allí, otra vez. Sentado junto al fuego que acababa de reavivar, removiendo una pequeña sartén sobre unas brasas nuevas. El olor a pan plano tostado y una mezcla de especias llenaba el aire.
Llevaba la capa caída hasta los codos, y su torso seguía al descubierto. La piel curtida, marcada por cicatrices, parecía brillar con el reflejo anaranjado de las llamas.
—¿Tienes por costumbre entrar en los sueños de la gente, o solo estás desesperado por compañía? —dijo Gyuna con tono seco, incorporándose.
Él alzó una ceja, divertido.
—¿Soñaste conmigo?
Ella no respondió. Solo lo miró, intentando leer en su sonrisa si él también había visto… lo que ella había sentido.
—Desayuno —dijo él, ofreciendo un trozo de pan con una mezcla de hierbas calientes encima.
—No tiene veneno. O al menos no del que mata.
Gyuna lo tomó, sin dejar de observarlo. Sus orejitas se movieron sutilmente, captando cada ruido del entorno. Pero todo parecía en calma… al menos por ahora.
Ella sabía dos cosas con certeza.
Uno: ese sueño no había sido normal.
Dos: no le gustaba que él la hiciera sentir tantas cosas al mismo tiempo.
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