Las Ruinas de Khor - Capítulo 3
El hombre no se movió. Ni siquiera cuando Gyuna dio un paso más cerca. El aire estaba espeso, casi eléctrico. No era miedo lo que sentía en su estómago, era esa punzada aguda que siempre la salvaba cuando las cosas se torcían.
Y él…
Él hablaba con demasiada calma. Sabía demasiado. Llegaba justo en el momento exacto. No. No era casualidad. Nada lo era en el desierto.
—No te creo —susurró Gyuna, y en un solo movimiento sacó la pequeña hoja curva que llevaba en el muslo.
La cuchilla relució con la luz del sol como un rayo breve. Fue directo al cuello. No para matar, no todavía. Solo una advertencia... pero lo suficientemente seria como para que entendiera que no era una niña ingenua.
El viajero la bloqueó.
No como alguien que se defendiera por reflejo. No. Fue preciso, como si supiera exactamente lo que iba a hacer. Sujetó su muñeca con una mano, con fuerza medida, y la hoja quedó a pocos centímetros de su garganta. La mirada de él cambió por primera vez: ya no había sonrisa, sino una intensidad cruda, peligrosa.
—Me gustan las mujeres decididas —dijo, y su voz ya no era tranquila. Era grave, cargada de algo que Gyuna no podía descifrar del todo.
—Pero eso pudo haberte costado la vida.
Ella le sostuvo la mirada, sin ceder un milímetro. Su respiración era firme. Su pulso, acelerado, pero no por el miedo. Era otra cosa. Un vértigo raro, como el que se siente justo antes de saltar desde un risco al agua oscura.
—Entonces no vuelvas a acercarte sin permiso —espetó.
Se quedaron así por unos segundos. Dos fuerzas que no sabían si romperse o rendirse. Finalmente, él soltó su muñeca. Gyuna guardó la hoja lentamente.
—Quizás nos volvamos a ver —dijo él, girándose para alejarse entre las dunas.
Ella se quedó quieta, viéndolo desaparecer en la distancia. No sabía quién era. Pero estaba claro que no era un simple viajero.
Y eso la inquietaba más que cualquier criatura en el desierto.
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