Las Ruinas de Khor - Capítulo 5

 Gyuna comía en silencio, el cuerpo aún entumecido por el sueño. La luz del amanecer rozaba su piel pálida, casi luminosa en contraste con las sombras del campamento. Las curvas suaves de su figura se delineaban bajo la ropa arrugada, que caía con descuido sobre un hombro, dejando entrever la línea delicada del cuello y el inicio de una cicatriz antigua. Las orejitas de vaca se agitaban con cada ráfaga de viento, y los cuernitos oscuros sobresalían con orgullo entre su melena revuelta.

El viajero, mientras removía las brasas, no pudo evitar mirarla. No con descaro, sino con una especie de atención concentrada. Como quien observa algo raro y bello a la vez. Un secreto que no se atreve a nombrar.

Ella notó la mirada. No dijo nada, pero su cola dio un leve latigazo inquieto sobre la manta.

—Tú no eres un viajero común —dijo finalmente, rompiendo el silencio.

Él no se inmutó. Le ofreció un trozo más de pan, que ella ignoró.

—¿Y qué te hace pensar eso?

—No te oí llegar. No hiciste ningún ruido al sentarte. Sabías que estaba dormida, y aun así... —ella entrecerró los ojos— te quedaste. Como si no te preocupara lo que podría hacerte.

Él sostuvo su mirada. Los ojos verdes tenían esa cualidad de nunca mostrar del todo lo que pensaban.

—Me preocupas. Pero no por tu cuchillo —respondió, con esa media sonrisa que ya se le estaba haciendo costumbre—. Me preocupa lo que buscas.

Gyuna se inclinó un poco hacia él, bajando la voz.

—Si sabes algo sobre el Corazón del Eclipse, más te vale decirlo. No estoy aquí para hacer aliados, ni para seguir enigmas.

Él no respondió de inmediato. Tomó un poco de agua de su cantimplora, luego habló con voz tranquila:

—Soñaste con él, ¿no? Con el Corazón. Con su latido.

Gyuna no respondió. La tensión se le acumuló en la base de la nuca. Un escalofrío le recorrió la espalda, pero no era solo por las palabras.

—¿Tú también?

Él asintió, despacio.

—No todas las visiones son iguales. Pero el Corazón llama a los que puede usar. O destruir. A veces ambas.

Ella bajó la mirada por un instante. No porque dudara, sino porque algo en su interior había reaccionado. El sueño no era solo una alucinación. Era una advertencia. O una invitación.

—Entonces, ¿qué? ¿Ahora nos unimos como pareja mística destinada a morir en alguna tumba antigua? —preguntó con sarcasmo.

Él rió, y por primera vez el sonido fue sincero. Caliente. Casi agradable.

—Solo si compartimos la manta esta noche.

Gyuna levantó una ceja. No respondió. Solo lo miró con una mezcla de burla, desafío y, muy en el fondo, algo que no quería admitir.

El sol se alzaba ya sobre las dunas. Y el desierto, como siempre, no ofrecía respuestas. Solo caminos.

Caminaron durante un buen tramo en silencio. La arena aún conservaba la humedad fría de la noche, y sus botas dejaban huellas que el viento comenzaba a borrar al instante. Gyuna iba unos pasos por delante, sin mirar atrás, con el rostro serio y los cuernitos lanzando destellos dorados bajo el sol creciente.

El viajero no se quejaba del ritmo, pero su sombra larga a su lado la mantenía en alerta. No había intercambio de palabras, solo el crujido de la arena bajo los pies y el gemido esporádico de una brisa cargada de polvo.

A lo lejos, las formaciones rocosas comenzaban a cambiar. Menos suaves, más abruptas, como si el paisaje se endureciera a medida que se acercaban a algo… antiguo. Algo que los esperaba.

Gyuna se detuvo en lo alto de una duna. Desde allí, el horizonte parecía distorsionarse con el calor, pero entre las rocas, juraría haber visto algo brillar. No lo dijo en voz alta.

El sol se alzó lo suficiente como para calentar las rocas, pero el viento del desierto aún era frío. El sueño la había dejado inquieta. Más aún la presencia de él, tan cerca, tan silencioso.

—Pronto hará demasiado calor para seguir —murmuró ella, más para sí misma.

Él se acercó y se detuvo a su lado.

—Hay un saliente allí abajo. Podemos descansar. Esperar que el sol baje.

Ella asintió con un gesto seco.

Descendieron en silencio.

—El sol estará en su punto más alto en una hora. Podríamos cubrir algo de terreno al atardecer. Descansar ahora sería lo más sensato.

Gyuna lo miró con recelo, pero no discutió. Su cuerpo lo agradecía en silencio.

Volvieron a tender la manta junto a una roca. El espacio era estrecho, pensado solo para una persona… y él no pareció tener intención de buscar otro lugar.

—¿En serio? —dijo ella, mirando la manta y luego a él.

—No ronco, si eso te preocupa —respondió con esa sonrisa burlona que parecía provocarla a cada frase.

Gyuna frunció los labios, pero no dijo nada. Se acomodó de lado, espalda hacia él. Su cola se recogió contra el vientre, los cuernitos apenas rozando la tela del abrigo enrollado bajo su cabeza.

Él se acostó detrás, sin tocarla, pero el calor de su cuerpo era inconfundible. Y molesto. Y reconfortante.

Pasaron varios minutos en silencio.

Ella no podía dormir. Lo sentía respirando, tan calmado. Su piel pálida parecía absorber la tensión de su alrededor. Su corazón latía rápido, pero no por miedo. Era algo peor. Curiosidad.

—No me mires así —dijo sin girarse, rompiendo el silencio.

—No te estoy mirando —respondió él, con tono tranquilo.

—Lo estás haciendo. Desde que desperté.

Una pausa.
Luego, más bajo:

—Y tú me soñaste.

Gyuna se giró lentamente, quedando cara a cara con él. Sus rostros estaban apenas separados por un suspiro.

—No te confundas. No sé quién eres ni por qué estás aquí. Si vuelves a entrar en mi cabeza sin permiso, te lo haré pagar.

Él no retrocedió. Su voz se volvió más grave, más íntima.

—No fui yo quien entró. Fue el Corazón. Y si no aprendemos a soportarlo juntos… nos va a tragar.

Las palabras quedaron flotando entre ellos. No hubo beso. No hubo caricia.

Pero el aire estaba denso. Su aliento tocaba el de ella. Y aunque no se tocaron, compartieron algo más físico que piel: la certeza de que estaban atrapados en algo más grande que ambos, y que la cercanía era un peligro... tanto como una necesidad.

Ella cerró los ojos. Solo un momento.

Y cuando se quedó dormida, esta vez no hubo sueño. Solo el calor de un cuerpo que no tocaba el suyo… pero que estaba demasiado cerca para ignorar.

Gyuna no sabía exactamente en qué momento se había dormido. El cuerpo le pesaba, y el calor del viajero se había vuelto casi una manta en sí mismo. Algo en ella se relajó, pero no por completo. No podía. No con él tan cerca.

Se removió ligeramente, medio dormida, hasta que su espalda rozó su pecho. Fue un contacto leve, involuntario… pero suficiente.

Sintió cómo él se tensaba detrás. No se alejó. No la tocó de forma grosera. Pero su respiración cambió. Se volvió más lenta. Más contenida.

Y entonces ella lo hizo a propósito: se acomodó un poco más, su cadera buscando encajar contra él, como si el movimiento fuese parte del sueño. No dijo nada. Solo esperó.

La respuesta no tardó.

Su mano se deslizó con cuidado hasta su cintura, apenas rozando el borde de su cadera desnuda entre la blusa y el pantalón. Su palma era caliente. Firme. Esperaba que ella lo detuviera.

Gyuna no lo hizo.

Abrió los ojos, aún de espaldas, sin mirarlo.

—Pensé que no roncas… —susurró con voz rasposa por el sueño.

Él sonrió cerca de su cuello. No respondió. Sus labios, sin embargo, bajaron hasta la curva pálida de su hombro expuesto. No la besó aún. Solo dejó el aliento allí, tibio, provocador.

Ella giró un poco el rostro, lo justo para encontrar su mirada.

—No tienes permiso —dijo.

Él no se apartó.

—Entonces dime que me detenga.

Silencio. Solo su respiración. Solo el desierto, inmenso, vacío alrededor.

Gyuna se dio la vuelta por completo, despacio, quedando frente a él, enredados ya bajo la misma manta. Sus cuerpos se rozaban en más de un punto ahora, y la cercanía quemaba más que cualquier sol.

—Tócame —dijo ella, en voz baja—. Pero no me trates como si fuera tuya.

Él obedeció.

Sus labios se encontraron con una lentitud desesperante. No fue un beso dulce, sino uno tenso, contenido, con sabor a deseo acumulado y miedo contenido. Sus manos la exploraron como quien descifra un mapa antiguo: sabiendo que cada línea podía ser un secreto o una trampa.

Gyuna lo guió también. No era pasiva. Nunca lo sería.
Sus uñas le marcaron la espalda cuando él descendió, cuando su boca halló los pliegues más sensibles de su piel pálida.
El desierto afuera se volvió un murmullo lejano. Solo existía el calor, los gemidos contenidos, y el crujido de la manta bajo ellos.

No hubo promesas.
No hubo ternura.

Pero sí un reconocimiento mudo: estaban marcándose mutuamente. Como guerreros. Como bestias. Como dos buscadores que sabían que al final de su camino, quizá solo quedaría uno.

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